Revista Cítrica

La misa que nos parió


12 de marzo de 2017

Diego Pintos

Lo principal es el juguete roto. Los juguetes rotos, que antes estaban perdidos. Ahora, rotos.

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Los rompimos. Nos rompimos. No hace diferencia si lo que se percibe es en primera o tercera persona. Todo está fundido y confundido. Hay perfume a borde. A abismo. Si es que no nos caímos antes, hasta el fondo, y no lo advertimos. La tristeza es inconmensurable, ¿viste vos? como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás.

¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo salimos de esta? ¿Cómo volvemos a hacernos, a reconstruirnos, a animarnos? Este jarrón roto seguirá así por siempre. Sepámoslo. Podrá pegarse, volver a contener agua, flores; pero seguirá así, con cicatrices, rajado.

Nada está suelto en este entramado universal social. Es como una gran película, que dura años, y continúa rodándose. ¿Te acordás? Antes, no nos veía nadie. Como una fábula, andábamos y éramos invisibles. El rock era un ghetto especial durante la generación X. Perdedores hermosos. Tan hermosos que nos esquivaban por la calle. Nos razziaban en Obras. Nos mataban a palazos, buscando enderezar y corregir una tacuara mecida por el viento. Rezábamos a diario, las misas bajo la púa, y las ostias de vinilo. Antes éramos esto, y más. Y naturalmente generábamos ecosistemas, y nos cuidábamos. Creo. No sé si era así, pero yo me lo acuerdo así.

Ahora, en este mundo de gran hermano, de George Orwell riéndose a carcajadas de aquello que predijo y que hemos convertido en un infierno digital, todo cambió. Todo se ve descarnadamente. Y los parásitos sedientos de sangre y morbo nos miran. Con ojos vidriosos y mirada de lobotomización zombie. Nos miran. Y eso no es lo peor. También hablan. O escupen. No sé. Pero generan pensamiento virósico entre sus patológicos adeptos. Y nos señalan, y juzgan, y aporrean desde púlpitos de cartón. Los juguetes se convirtieron en presa fácil, en carroña expedita.

Ahí están, ahora. Míralos, en su locura. En la televisión, en los diarios de mañana, y nos fagocitan suavemente. Nos dicen: "¿vos pagás mil pesos para que un tipo te diga 'Ji ji ji'?". Sí. Hasta ahí nos patearon. Sepámoslo. A ese lugar infame. Injusto, o no. Estamos en ese escalón último y miserable, de tener que humillarnos hasta explicar lo inexplicable. 

"Lo esencial es invisible a la tele", escribió alguna vez el genial compositor uruguayo Tabaré Rivero. De acuerdo. Pero, ¿qué será lo esencial aquí? ¿En qué momento doblamos tanto, que terminamos dando trompos y cayendo por el camino del deshielo? Recuerdo a los juguetes perdidos, que buscaban afanosamente encontrarse. Durante décadas fue así. Los juguetes perdidos, nacidos de las barriadas en sombras, de las esquinas de barro, los olvidados, con el agua en los pies, a veces caminando, otras veces corriendo, yendo sin sentido a alguna parte. Persiguiendo quién sabe qué, huyendo a quién sabe dónde, pero siempre moviéndose.

Masas informes, yendo y viniendo, buscando desesperadamente siempre eso que jamás se supo qué era. Pero una fuerza interior los expulsaba, como un ardor. Refugiándose y refugiándonos en las noches de humo, de paredes frías en reductos imposibles, mirándonos entre los destellos del cemento, adivinándonos entre tanto ruido a rock, y distorsiones, y palabras que relataban frases y versos de cuentos interminables. Que se continuaban en el siguiente recital. Y así. La película sin fin.

No teníamos luces de neón, marquesinas, pistas de bailes, estroboscopia, vasos de plásticos con sorbetes de colores, barras de tragos veraniegos, risas de plástico, almas de goma, que podían adquirirse -en oferta- en  cómodas góndolas de supermercado. Cosas de la nada. Decíamos que las luces fuertes sólo servían para atraer insectos. Amábamos a Eddie Vedder pelilargo, gritando: "¡Josh, apagá las luces! ¡No es un estudio de tv! ¡Es un fucking concierto de rock!". Y los pechos de los juguetes estallaban de libertades.

Y si bien no sabíamos lo que buscábamos, teníamos un par de certezas: no se podía comprar, no se podía vender. Y separábamos del camino aquello que se percibía como no verdadero. A los juguetes perdidos les dolía ser juguetes, y estar perdidos. Y tantas otras cosas. Sin embargo, así y todo, encajar no era una opción a considerar. Así y todo, los juguetes se sabían más verdaderos que el pan y el vino. Dolía, por la sencilla razón de que el plástico es reemplazable, pero la carne no. Crujía a cada paso, asediada por no tener espacio para existir.

Nos reconocíamos. Y siento que nos cuidábamos. No lo sé. Los recuerdos mienten un poco, siempre fue así. Quiero creer que teníamos una hermandad acuñada a rocanroles. La sociedad nos odiaba, la policía nos odiaba, el establishment nos odiaba, y hasta nuestras propias familias nos renegaban. Por eso dolía tanto la resistencia de la existencia. Todo eso fue cediendo de alguna manera, hasta hacerlo más laxo. Pero ahora, que esas resistencias fueron vencidas, nos comimos la cola. Nos disparamos en el pie. No nos respetamos. No se respetan ni entre los propios juguetes. Pocos, muchos, no importa. Los juguetes perdidos -ahora, en la era millennial- se lastiman entre sí. Y la televisión los mira como especímenes. Los estudian. Les cuentan las costillas con un palo, a carcajadas.

En -quizá- la última misa, rompimos a patadas nuestro credo. Los juguetes que tardaron tanto en encontrarse, tantas décadas, terminaron rompiéndose entre sí. De la nada a la gloria, fuimos. Y ahora pareciera que volvimos a la nada. A un vacío tan desesperanzador que nos deja contra las cuerdas, desafinando canciones tristes.
 

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